domingo, 25 de junio de 2017

MODELOS Y REFERENTES



En el proceso de la formación humana nos encontramos con un concepto determinante, y este es el de “modelo” o referente. Necesitamos, sobre todo a edades tempranas, modelos a los cuales dirigir nuestras miradas, los niños requieren de referentes en su recorrido que ayuden en su proceso de socialización; espejos, dirán otros, donde mirar. Lo cierto es que en las sociedades siempre hubo héroes, aquellas personas cuyo pensamiento y comportamiento eran considerados ejemplares.

Los héroes o modelos tendrán un papel fundamental dentro de los sistemas sociales y dependerá en buena medida del tipo de referente que se tenga para que se “obtenga” un comportamiento social más conveniente o menos. Deberemos atender pues a cuáles son los referentes sociales -y por qué lo son- para empezar a comprender por qué nuestras sociedades se basan en valores como el materialismo o la insolidaridad. ¿Cuáles son los héroes sociales? ¿En qué espejo se mira la sociedad? ¿A quienes admiramos? Y las respuestas a estas preguntas no pueden ser más desoladoras: admiramos a quienes poseen muchos bienes materiales -personas exitosas dirían algunos, midiendo por tanto el éxito en función de las posesiones-; alabamos a toda persona con fama independientemente de cuál es el motivo de su popularidad. Nuestros héroes serán de este modo personas ricas, famosas y normalmente vacías de contenido. Así, no hallaremos 'liderando' la acción seres solidarios que luchan por construir un mundo más justo sino que nos topamos en la mayoría de ocasiones, como decimos, con sujetos que actúan estrictamente en base a la posesión material o al poder. ¿Por qué en lugar de ensalzar a las personas del primer tipo solemos admirar y aspirar a convertirnos en seres del segundo?

Los falsos héroes y sus valores, en efecto, nos son transmitidos a través de la principal arma formativa social: los medios de comunicación -o mejor dicho los medios de adoctrinamiento-, siendo la mayor de estas armas la televisión aunque ahora también internet, -tema que merecerá un capítulo aparte-. A través de los medios se nos impondrán los modelos y a través de los modelos se nos transmiten los valores por los que deberemos regir nuestro comportamiento o actuación. Así, la consigna será que lo admirable es, como decimos, lo material y lo superfluo, la individualidad más exacerbada o incluso el egoísmo más patológico. Estas serán las características que poseerán los modelos que son “lanzados” a través de los medios y esta será la conducta que deberemos ir interiorizando.

Y aquí se nos presenta una de las claves: ¿por qué los modelos de conducta que se ofrece por los medios son seres individualistas, egoístas, superficiales y vacíos de contenido? Y esta respuesta, lamentablemente, no es otra que lo que se busca es que la sociedad adopte los valores que se nos ofrecen con el modelo. Tenemos pues que lo que se pretende lograr no es una sociedad basada en la solidaridad sino en el egoísmo; no se estará buscando por tanto la “construcción” de seres que cultiven la empatía sino al contrario, se estará forjando la formación de seres insensibles y vacíos. Y es que el proceso en el que vamos adoptando la escala de valores del héroe es más inconsciente que consciente, es decir, que la sociedad a la cual se le ofrece -o inculca- un sistema de valores del todo inadecuado irá progresivamente haciendo suyo dicho sistema, siendo este proceso como decimos en gran medida inconsciente. 

Nos encontramos pues con el gran inconveniente de que en base a sus intereses espurios el sistema económico e irracional nos impone estos pseudomodelos, pero a la vez tenemos la esperanza y la posibilidad de anularlos haciendo consciente el proceso inconsciente por el cual forjamos en nosotros mismos nuestra escala de valores, un necesario autoexamen personal y social para ir reemplazando lo que no nos sirve o es contraproducente.

Y no dependerá de nosotros el tipo de referente que se nos ofrezca desde el sistema imperante; pero en buena medida sí de nosotros dependerá, desde la autoconciencia individual y social, el ir sustituyendo en nuestro código ético estos falsos modelos con sus falsos valores por un sistema personal que nos permita el desarrollo de nuestras capacidades y el ir encaminándonos hacia la formación de una sociedad más justa y solidaria.

Vicente Berenguer

martes, 6 de junio de 2017

ENTRAR EN EL TIEMPO




Entrar en el tiempo, vivir en el presente; ¿es que acaso estamos fuera del tiempo o no vivimos en él? En principio esta idea podría parecernos un absurdo ya que nuestras vidas están compuestas de tiempo, pero una mirada al modo en que vivimos podría hacer que esta idea aparentemente absurda cobre todo su sentido.

Si analizamos el modo en que los humanos nos relacionamos con el tiempo observamos que nuestra línea temporal está formada por el pasado, presente y futuro. El pasado es la línea que transcurre desde que nacimos hasta el momento presente y es un segmento que fue pero que ya no existe. El camino que hemos transcurrido en el pasado nos ha moldeado y construido, ha propiciado en gran medida que seamos como somos y que sintamos como sentimos pero sin embargo no podríamos conceder a dicho segmento de tiempo el “estatuto” de real. El pasado es pues muy relevante en la vida de uno con todas las experiencias vividas, pero ya no existe a efectos de poderlo revivir.

Con el futuro nos encontramos con algunas características similares al pasado en cuanto a que no existe y por tanto no es real. El futuro no tiene existencia ya que cuando este sea será presente, pero lo necesitamos ya que vivimos orientados por él. Vivimos orientados por el futuro y proyectándonos hacia él. Necesitamos tener siempre en cuenta al futuro pues nuestras acciones inmediatas se realizan en base a él así como también nuestros planes y proyectos, y es que si no contempláramos un futuro no accionaríamos de ninguna manera ni podríamos planificar nada en nuestras vidas. Así es que vivimos orientados hacia el futuro no pudiendo ser de otra manera.

Tenemos pues que nuestra la línea temporal humana está compuesta por pasado, presente y futuro siendo el pasado quien nos ha traído hasta el momento presente y estando en todo momento orientados por el futuro. Pero este lógico esquema humano encierra una pequeña trampa y esta consiste en que en una gran medida estamos siendo desplazados fuera del tiempo. Y es que lo que en principio era nuestra aliada (una línea temporal formada por pasado, presente y futuro) puede convertirse en nuestra peor enemiga. ¿A qué nos referimos cuando decimos que nuestro modo de relacionarnos con el tiempo podría estar jugando en nuestra contra? La cuestión radicaría en que habitualmente estamos alterando dicha relación y estamos viviendo casi permanentemente en el pasado o en el futuro, recordando o proyectando. Hemos convenido que el pasado nos trajo hasta aquí pero que no existe porque cuando fue era presente y que el futuro tampoco puede existir ya que cuando este sea será también presente; y también estamos de acuerdo, cómo no, en que es necesario recordar el pasado y accionar en base al futuro, pero esto que es una necesidad puede convertirse en una losa si nuestra mente está permanentemente recordando o proyectando ya que esto nos arranca del presente, nos arrebata aquello que está sucediendo, aquello que ES. Y es que la existencia es lo que existe y lo que existe es presente, pero si nos situamos habitualmente en lo que fue o en lo que será no lograremos vivir en ningún momento lo que está siendo, esto es, estaremos fuera de lo que ES.

Recordamos de nuevo en este instante que tanto el pasado como el futuro son absolutamente necesarios para nuestras vidas, pero el problema es que estamos casi permanentemente recordando o proyectando, es decir, situados la mayor parte de nuestro tiempo en el pasado o en el futuro y es de este modo como nos estamos perdiendo el presente, lo que está siendo, lo que ES. Y es que cuando empezamos a situarnos en el presente, primeramente, estaremos viviendo realmente el instante entrando así en el tiempo, pero además advertimos que empezamos a desarrollar nuestra intuición ya que estaremos es actitud meditativa. Podemos incluso, por momentos, prescindir totalmente del pasado y futuro y situarnos rotundamente en el presente, desmoronándose así la ficción que supone el haber incorporado el pasado y el futuro a nuestras vidas, ficción que, recordamos una vez más, es absolutamente necesaria para seguir viviendo pero que cuando se produce un abuso tanto de uno como de otro nos arrancan de la vida.

Por todo ello podemos decir que la vida por tanto es aquí, que la vida es ahora, y es ahí donde deberíamos regresar muy a menudo más allá de nuestro necesario pasado y futuro. Porque si no somos capaces de ir entrando en el tiempo real la vida no podrá cobrar su intensidad siendo así una existencia mucho menos plena, además de estar desperdiciándose en buena manera. La vida está siendo, las cosas están sucediendo AHORA pero sin embargo nos empeñamos en salir de ella situándonos en puntos ficticios o en pensamientos improductivos. Porque el salir del tiempo nos lleva a usar nuestra mente, sí, de forma improductiva: nos lleva continuamente a girar y girar perdiéndose así toda intensidad en la vivencia.

 Pero por si todo lo dicho fuera poco podríamos añadir otros elementos que hacen que sea necesaria una revisión sobre la forma en que nos relacionamos con el tiempo, y estos elementos son nuestra caducidad y la fugacidad de la vida, elementos aludidos en reflexiones anteriores.

Y volveremos a incidir en ello, incidimos una vez más en que sabemos que somos caducos y que nuestro paso por este mundo es temporal y breve sumándose a todo esto otro ingrediente fundamental y es que ignoramos el tiempo del que dispondremos, es decir, que desconocemos el tiempo que nos queda pudiendo estar este compuesto por años, por meses o por días o tan solo por unas horas. Conocemos todas estas características nuestras pero lo cierto es que solemos vivir como si fuéramos a vivir para siempre, sabiendo en todo momento pero no reparando en el hecho de que nuestro paso por aquí puede terminar en cualquier instante.

 Y son todos estos elementos sin duda los deberían empujarnos a realizar una revisión de nuestra relación con el tiempo conociendo el hecho de que nos topamos una y otra vez con la dificultad que venimos mencionando, que vivir el MOMENTO solo será alcanzable en la medida en que logremos “utilizar” nuestra línea temporal a nuestro beneficio; que vivir el presente para entrar en el tiempo solo será posible si logramos “usar” el pasado y el futuro de forma conveniente para regresar, cuando uno u otro no nos sean provechosos, al momento actual, al momento en el que la vida está SIENDO, al momento PRESENTE.


Vicente Berenguer

domingo, 21 de mayo de 2017

GRATITUD, LA MÁS GRANDE DE LAS VIRTUDES

Pocos dudan del enorme beneficio que significa sentirse en gratitud, que según Cicerón, "no sólo es la más grande de las virtudes, sino que engendra todas las demás". La gratitud, en efecto, puede ser un elemento determinante en nuestras vidas ya sea por su ausencia o por su presencia: si ella está presente nuestra vida puede tornarse un mosaico de colores y en cambio si está ausente puede reducir todo nuestro colorido vital a un solo tono de gris.

Estamos convencidos de que es fundamental sentirse en gratitud ya que la mente no puede hacer una cosa y su contraria, es decir, no es posible sentirse en gratitud y al mismo tiempo en desdicha debido a que esta sería su opuesto. Sobrarían las razones pues para querer sentir dicho sentimiento ya que como decimos puede permitirnos el vivir con mayor plenitud. ¿Pero tenemos razones objetivas para sentirnos en gratitud? ¿Qué hay de los problemas personas que en tantas ocasiones nos impiden alcanzarla?

Lo primero que debemos tener en cuenta es que la gratitud nace y puede morir en cada uno de nosotros  dependiendo así exclusivamente de nuestros pensamientos, siendo el propio sujeto quien la "fabrica" o quien la aniquila. Es importante comprender que no es algo externo sino interno y que no depende de lo exterior sino de lo interior, aunque es cierto que habrá factores externos que jugarán en favor o no de "la virtud que engendra a todas las demás." Pero que el exterior pueda favorecer o no la 'aparición' de la gratitud no significa que dicho exterior sea determinante en su aparición o disolución, es decir, pensamos que con un buen planteamiento por nuestra parte los factores exteriores no serían en absoluto decisivos. 

Estamos pues situándonos por encima de las circunstancias personales de cada cual ya que hemos convenido en que estas no nos deben determinar en si albergamos esta virtud en nuestro interior o no; estamos en un plano en el que ya no atenderemos a las situaciones de cada uno, que aun siendo muy importantes, hemos dicho que no determinarán de forma absoluta el que podamos sentirnos afortunados o no. Debemos por lo tanto llegar a un punto de objetividad en el que quede superada toda característica personal para abordar los interrogantes antes planteados: ¿Hay razones objetivas para sentirse en gratitud?

Y estamos convencidos de que sí, convencidos de que sí existen estas razones objetivas que deberían llevarnos a sentirnos afortunados en la vida de cada uno, y estas razones son, sencillamente, el privilegio que supone estar aquí y ahora, en la vida. Y es que, aunque no reparemos en ello, el estar ahora dentro de la vida supone la mayor de las fortunas ya que la vida es algo que en un futuro cercano -que podrá ser en cualquier momento- nos será arrebatado. Nos será arrebatada la vida en cualquier momento ya que el final de la misma llega sin avisar; nuestro bien más preciado, la existencia, no durará para siempre siendo así algo temporal y breve; pero ahora, en estos momentos, aún podemos disfrutar de ella, experimentar y vivir cada día sabiendo, pero más, sintiendo que estamos viviendo algo irrepetible y breve, algo que no durará para siempre. 

Sobran los motivos pues para situarnos en un plano superior a nuestras propias circunstancias y sentir "la mayor de las virtudes" por estar en estos momentos dentro de la vida; sobran las razones para, independientemente de las dificultades de cada cual, sentirnos en dicha por estar vivos, por tener la oportunidad de experimentar la vida, en definitiva: la oportunidad única y fugaz de vivir.


Vicente Berenguer

martes, 16 de mayo de 2017

Reloj de arena

Piensa el Tiempo no como un reloj cuyas manecillas giran y giran sin parar; piensa el Tiempo como un reloj de arena, que en algún momento se detendrá.


V.B.

lunes, 8 de mayo de 2017

CAPITALISMO, CORRUPCIÓN Y LA NECESIDAD DEL BIEN COMÚN






La corrupción azota nuestras sociedades. No es un fenómeno pasajero sino que está bien asentado dentro de nuestras estructuras políticas y económicas. No es un mal que exista solo en determinados países –aunque predomine más en unos que en otros– teniendo que hablar lamentablemente de algo generalizado. Algunos afirman que el ser humano es corrupto por naturaleza, otros en cambio advierten que se trata de un fenómeno derivado de una deficiente educación, pero lo cierto es que es esta una lacra que nos acompaña y que golpea la esencia misma del que debería ser uno de nuestros valores supremos: la justicia social.

¿Por qué se ha llegado a esta deteriorada situación en la política y en la economía? ¿Por qué la corrupción es algo sistémico? ¿Es la corrupción algo exclusivo de la política o más bien la corrupción política es el reflejo de la corrupción en potencia que se halla en la sociedad y que en ella se manifiesta por pura posibilidad? ¿Cuáles son las razones profundas para que la corrupción sea la norma? Creemos que varias son las causas de esta situación pero en este texto solo nos referiremos a una que pensamos que es básica, fundamental, algo que Aristóteles siempre tuvo presente en sus reflexiones sobre la mejor forma de gobierno, algo que en la actualidad no existe ni en lo práctico pero que ha desaparecido incluso del nivel teórico: nos estamos refiriendo al concepto de bien común.

La inexistencia del bien común

El bien común –básico para Aristóteles– ha desaparecido y no queda rastro de él. No estamos descubriendo nada nuevo si decimos que el sistema en el que nos encontramos es individualista y que en este sistema, además, uno debe ser enormemente competitivo si quiere establecerse en una posición cómoda, una posición que le asegure unos buenos beneficios económicos o simplemente sobrevivir. Este juego de las sillas incrementa la individualidad e incluso provoca que muchos sujetos utilicen a otros en su propio beneficio llegándose incluso a la mentira, a la traición o a cualquier herramienta que facilite el ascenso social. La consigna termina siendo un “sálvese quien pueda” en el que todo vale y en el que el bien común es algo que solo existe semánticamente pero ni tan solo está ya en un rinconcito de nuestra mente.

El bien común se halla ausente y esta es una de las causas profundas de por qué la corrupción es generalizada en política –y en cualquier ámbito–: nadie piensa, reflexiona, tiene presente ni tan siquiera concibe algo que signifique “el bien común”, y esto supone que no se tenga el menor problema en robar lo de todos: ¿a quién se está robando si no existe un bien que es de todos? A nadie, responderán las conciencias –o lo que quede de ellas–, quedando así diluida la responsabilidad o carga moral en un abstracto por no existir nada en la mente del corrupto que tenga que ver con nada compartido, con nada común.

El sistema económico capitalista fomenta el individualismo como base de crecimiento. Subyace de esta filosofía que la base del sistema es la búsqueda del bien particular y que esta búsqueda provocará que la sociedad en general se beneficie también al crease riqueza, pero no se ocupa el sistema –ni tan solo preocupa– por contrarrestar esta tendencia de buscar absolutamente el bien particular con búsquedas del bien compartido. Reconocemos que no hemos hecho una encuesta para llegar a esta conclusión, a la conclusión de la inexistencia de una concepción social de un bien común; tampoco hemos hurgado en las mentes de los ciudadanos para saber si en ellas existe, como hemos señalado, al menos en un pequeño lugar algo que se le pueda parecer. Pero es tarea necesaria intentar “adentrarse y navegar” en la mente colectiva y ver cuáles pueden ser las causas de la desbocada corrupción política y empresarial, y en este caso, al no hallar en ella nada parecido al concepto de bien común, estamos seguros de que si no de forma total pero sí de forma muy importante, su inexistencia es la causa profunda de la lamentable situación que se vive en la política a nivel mundial.

La necesidad del bien común

Hemos llegado a la conclusión de que no existe una concepción general en la población de nada que tenga que ver con un bien común. Al no existir este bien, el político no podrá gobernar para algo inexistente y lo hará, por tanto, para lo que único que existe, el bien particular, ya sea el propio o el del partido. Además, al no haber algo común, algo de todos, un sentimiento compartido, la corrupción no será sino una consecuencia natural de todo esto pues el que roba, el que se corrompe, no puede tener una clara conciencia de que está robando, por decirlo así, a un ente común y existente que seríamos todos pues no concibe –ni puede concebir– la existencia de algo así. No concibe un ente común por tanto lo que está robando tampoco sería de nadie en particular; sus robos quedan en una especie de limbo para él mismo e incluso para los demás. La falta de un bien común es una de las causas profundas de la situación. Se deberá fomentar por tanto la “reaparición” de este tipo de bien, su presencia, su existencia para que la política sea lo que debe ser, un servicio a los ciudadanos, un servicio al bien compartido, un servicio a todos y para todos.

Se nos antoja fundamental pues avanzar hacia un ideal, un lugar en el que además de pensarse en uno mismo se piense también en el conjunto de toda la sociedad. Este lugar queda claro que es un lugar en el que todos, racionalmente, concebiríamos el bien común como algo básico y fundamental para la política, para la convivencia. El ideal aún podría ser mayor si a la racionalidad le añadiésemos el sentimiento, es decir, si además de concebirnos como una entidad colectiva –además de nuestra entidad individual–, nos sintiéramos de alguna manera conectados al resto, nos sintiéramos, en definitiva, como un todo.

¿Cómo podría conseguirse esto? ¿Cómo se podría fomentar aquello que venimos reivindicando, la concepción en la ciudadanía de un interés compartido, un bien de todos? Sería necesaria, entre otras muchas cosas que quizás abordemos en otra ocasión, una planificación en el ámbito educativo en la que se fomentase la idea, ya desde la infancia, de que existe algo muy valioso y que nos une a todos, algo que uno debe siempre procurar y es la defensa del otro –pues de alguna manera forma parte de mí–, la defensa de un bien que es compartido y que no solo me compete a mí pero también a mí. Este sería un largo proceso en el que se iría instruyendo a las futuras generaciones en la defensa de lo colectivo y no solo de lo individual, defensa que creemos que no se fomenta desde el sector educativo. Porque educar no debería ser solo la transmisión de contenidos culturales sino también y sobre todo el fomento de comportamientos y modos de ser que nos beneficien a todos ya que el ser humano no vive solo sino en comunidad.


Conclusión

Si esto es así, la corrupción no es sino un efecto necesario por la ausencia, en las mentes de las ciudadanos en general, de algo que tenga que ver con un bien compartido, un bien que nos pertenece a todos y que somos nosotros mismos. Hemos dicho que la ausencia de este concepto se debe sobre todo a un sistema capitalista salvaje en el que no cabe la existencia de algo llamado “bien común” debido a la consolidación del individualismo exacerbado siendo la característica principal de este el egoísmo.

El individualismo, en efecto, se impone y anula en la sociedad cualquier resquicio de nada que tenga que ver con algo compartido. El egoísmo y la búsqueda del interés propio es, para los liberales, la premisa que permite que haya beneficio para la sociedad. Uno no busca el interés social pero la búsqueda del suyo propio implica que se genere un beneficio para todos:

Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga. Es evidente que lo mueve su propio beneficio y no el de la sociedad. Sin embargo, la persecución de su propio interés lo conduce natural, o mejor dicho, necesariamente a preferir la inversión que resulta más beneficiosa para la sociedad. [...] una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos.1

Así, el interés social no es buscado y solo se obtiene de forma indirecta no siendo la solidaridad el valor social supremo sino la búsqueda del puro beneficio personal. Se deberá fomentar por tanto el egoísmo en la sociedad ya que este posibilita que haya beneficio para los demás. Triste modelo social.

Pero si el egoísmo es la base del sistema capitalista salvaje, si el individualismo más exacerbado es el motor que genera crecimiento, si se nos educa en la necesidad de ser altamente competitivos para alcanzar el éxito siendo la alternativa el quedarse rezagado pero más: si los depredadores tienen más posibilidades de éxito económico que las personas solidarias, no debe extrañarnos que, en primer lugar, el egoísmo esté venciendo a la solidaridad y en segundo, y como avanzábamos, que la sociedad en general no conciba la existencia de un bien común, un bien de todos. Con lo cual, si no hay ni la concepción de vínculos con los demás a nivel teórico ni a nivel emocional, la corrupción es algo que se deriva de forma necesaria de todo lo dicho.

En conclusión, será necesario la construcción de un sistema alternativo que no base su motor en el egoísmo sino en la solidaridad, un sistema en el que la búsqueda del bien para todos no sea un efecto indirecto de la búsqueda del bien propio sino un fin en sí mismo, un modelo que no fomente en los individuos el interés exclusivamente personal sino el interés por el otro, el interés social, la existencia del bien común. Será necesaria la construcción, en esencia, de un modelo definitivamente humano.


1 Adam Smith, La riqueza de las naciones.




              
Vicente Berenguer

domingo, 7 de mayo de 2017

Somos...

Somos como las olas del océano: nacemos y permanecemos un tiempo creyendo ser una ola, para más tarde comprender que en realidad somos el océano entero.


V.B.






martes, 11 de abril de 2017

EN BUSCA DEL SENTIDO DE LA VIDA




¿La vida tiene sentido? ¿Cuál es el sentido de la existencia? Son preguntas que cualquier buscador de la verdad o persona con inquietudes existenciales tiene muy presente a lo largo de su vida. ¿Quién soy yo?, se sigue preguntando el filósofo que somos todos o mejor dicho, el filósofo que todos deberíamos ser. 

Si hablamos sobre el sentido de la vida deberemos distinguir dos planos: el primero hace referencia al, podíamos llamar, sentido objetivo de la vida, es decir, a si la existencia tiene por sí misma sentido. Este es un debate que nos apasiona y que alimenta nuestro intelecto, y en él podremos debatir sobre cuestiones como por ejemplo si nos espera una vida futura o no, si hay algo que me trasciende y del que formo parte o no, si estoy sola o solo o si por contra estoy conectado con algo más, si hay un dios, varios dioses y qué tipo de dios o dioses puede haber. Este debate sin duda nos enriquece y le resultará necesario a todo aquel buscador que “vaya” detrás de la verdad. Este sería un primer plano que como digo nos resulta necesario a muchos. Pero junto con esta primera dimensión, en lo que concierne a la búsqueda del sentido tenemos una segunda vertiente, y esta es qué sentido le damos cada uno de nosotros a los acontecimientos que nos suceden en la vida y a la vida misma.

Debemos partir de la base, (y recordando una vez más que ahora nos encontramos en la segunda vertiente  del asunto) que somos arrojados al mundo: no se nos pregunta si deseamos venir, ni cuándo deseamos hacerlo...en definitiva “se nos” arroja a la existencia sin contar con nosotros mismos. Somos arrojados a este mundo sin saber ninguno de nosotros si hay motivos para venir o no, si es todo azar o no lo es…pero las situaciones van sucediendo. Los acontecimientos suceden en nuestras vidas, ¿y qué podemos decir en este segundo aspecto acerca del sentido de la existencia? 

Lo primero que debemos decir al respecto es que aquí no existe un mundo objetivo sino propio o de cada cual. No nos estamos moviendo pues en el que hemos denominado sentido objetivo sino que ahora nos referimos a nuestro propio mundo. ¿De qué estamos hablando cuando decimos que cada uno vive en su mundo? ¿Es que acaso no estamos viviendo todos en una realidad compartida? Evidentemente que esto es muy cierto y así debe seguir siendo, pero no es menos cierto que cada uno de nosotros está permanentemente, como diría Ortega y Gasset, construyendo su mundo o haciendo Metafísica siendo inevitable el que esto sea así, es decir, siendo inevitable el que estemos permanentemente construyendo nuestra propia "realidad". Construimos mundo para posteriormente vivir en él y de ahí que personas que aparentemente lo poseen “todo” sean infelices y por contra otros que poseen bien poco sean dichosos. Y más aún, estamos construyendo constante e inevitablemente mundo, el nuestro, para poder vivir posteriormente en él, pero ni tan siquiera solemos ser conscientes de que hemos sido nosotros mismos los constructores de la realidad en que vivimos viviendo de este modo en la completa inconsciencia.

Es inevitable hacer mundo o diseñar nuestra propia realidad, hacernos a nosotros mismos cada día, y aquí entra de manera decisiva la cuestión del sentido. Porque en nuestra permanente formación de nosotros mismos estamos, lo sepamos o no, realizando lecturas de los acontecimientos de la vida, interpretaciones de lo que nos va sucediendo pudiendo variar estas desde las más favorables para nuestro crecimiento y desarrollo humano hasta las más nefastas para nosotros mismos. Y es aquí donde entraría en juego el sentido de lo que nos sucede y el sentido de la vida misma. Y es que lo que nos va sucediendo no tiene por sí mismo sentido. Recordemos que hemos sido arrojados a este mundo sin darnos ninguna indicación, ningún mapa, ningún consejo y que aquí nos van sucediendo cosas, pero lo que nos sucede no trae consigo el sentido. Y he aquí el punto central, porque si es inevitable el hacer mundo o Metafísica, el realizar lectura o interpretación de los hechos...deberemos ser cada uno de nosotros los que otorguemos un sentido a los hechos pero también y sobre todo a la vida misma. Es por tanto nuestra tarea el dar sentido a lo que nos vaya sucediendo a lo largo de nuestro camino y dar un sentido favorable para el cuidado de nuestro ser. [1]

Hemos introducido aquí un elemento básico en toda esta “ecuación” y es la cuestión del ser, elemento que nos ayudará a la hora de convertirnos en buenos constructores de nosotros mismos. Y es que si es verdad que hemos sido arrojados a este mundo sin ninguna indicación, también lo es el que todos tenemos una responsabilidad para con nosotros mismos, para con nuestro ser, y esta responsabilidad es cuidar de él, “alimentarlo” de la mejor manera que nos sea posible siendo esta una tarea espiritual que no religiosa: es nuestra tarea. Y en esta cura sui o cuidado de sí mismo es absolutamente necesario convertirnos en grandes arquitectos de nosotros mismos, en grandes cuidadores de nuestro propio ser, y para ello será determinante el tipo de filosofía de vida de cada uno, es decir, si se están realizando lecturas positivas de lo que va ocurriendo (si es un buen metafísico o no) o si mismamente se está otorgando a la vida el sentido que permita evolucionar, crecer.

Y es en esta tarea de cuidar a nuestro ser donde se requiere de cierta espiritualidad -que no religiosidad- en el sentido de conectarse con uno mismo, cuidarse y reconocerse como lo que se es, alguien que por encima de todo tiene una misión: permitir y fomentar la felicidad de su ser que a la postre es la suya. Pero para ello, me reitero una vez más, debemos aprender, una vez tomada consciencia de que cada uno construye su mundo para vivir en él, aprender a conceder un significado a todo lo que nos vaya aconteciendo que no dañe nuestro interior; pero sobre todo deberemos ser capaces de dotar a nuestra existencia misma de sentido, el sentido de que a lo largo de toda nuestra vida tenemos una gran misión: cuidar de nuestro ser.

En conclusión: diremos de nuevo que venimos al mundo sin instrucciones pero con una misión que se desvela: cuidar de nuestro ser. Y en este cuidado de nosotros mismos y en la toma de conciencia de que es inevitable construir nuestra realidad o construirnos a nosotros mismos deberemos, ya que esa es nuestra responsabilidad, aprender a realidad interpretaciones positivas de lo que nos va sucediendo, es decir, situarnos en ángulos o puntos de vista favorables sobre lo que nos va pasando. Porque los hechos siempre presentan distintos puntos en los que uno se puede situar, y deberemos ir siendo capaces de “elegir” los ángulos de visión que nos beneficien. Pero sobre todo deberemos ser capaces de dotar a nuestra existencia de sentido, el sentido de proteger, cuidar y alimentar a nuestro ser que vivirá además en comunión con el ser de los demás, permitiendo así que a “él”, –y nosotros mismos junto con él– le sea posible alcanzar la felicidad.

Vicente Berenguer



[1] Sin duda que la inclusión del término “ser” en este artículo dota al mismo de una dimensión espiritual que bien podría suscitar rechazo en algunos lectores. Desde mi punto de vista en este caso podría ser suprimido el término no perdiendo el texto ni un ápice de su, nunca mejor dicho, “sentido”, pero a pesar de que pueda suscitar un cierto rechazo en según qué lectores, me sigue pareciendo muy útil el término ya que permite una mirada exterior a nosotros mismos y sobre nosotros mismos.

Por otra parte y aunque nos encontremos en la dimensión subjetiva del asunto, es decir, en el sentido que cada uno le da -o no le da- a la vida, el término "ser" nos abriría la puerta del primer plano o sentido objetivo, debate en el que abordaríamos por ejemplo la cuestión de si el ser me trasciende o no o qué es lo que abarca el ser.